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CUADERNOS DE CAMPO
EL VUELO DEL RATONERO (2)
 
Desde mi anterior relato sobre una pareja de ratoneros comunes, he visitado varias veces la zona, hasta que hoy, día 15 de marzo, sobre las 12,30, veo planear de nuevo sobre mi cabeza, allá arriba en el cielo, primero un solo individuo, al que se une inmediatamente otro. Ambos permanecen un buen rato volando uno cerca del otro. Hay momentos en que uno de ellos –seguramente el macho- vuela por encima de la hembra, en un alarde de poderío. Otras veces, después de volar en círculo, uno de ellos traza una línea recta, como si quisiera dirigirse a algún lugar determinado, para volver después a tomar altura. Luego ambos vuelan cada vez más altos y desaparecen de mi vista.
 
Aunque las aves rapaces suelen aparearse ya en los meses de enero y febrero, sin embargo, este invierno no es nada extraño que todavía en marzo estén en pleno juego amoroso. Al menos esta es la impresión que tengo al observar con detenimiento la vida de estos pájaros. Es muy probable que aniden en alguna pinacea de los bosques de Sant Cugat o Bellaterra.      

 

 

EL VUELO DEL RATONERO

 
Afueras de Sant Cugat del Vallés (Barcelona). El día 2 de febrero de 2.010, sobre las 13 horas, camino hacia la zona en donde hace un año se construyó una carretera que no lleva a ninguna parte y cuyo trazado pasa cerca de la zona en donde anida en primavera alguna pareja de abejarucos. Es una pequeña área casi despoblada, con barrancos, pendientes con maleza y algunos arbustos, así como una especie de cárcava bordeada de una profunda hondonada repleta de chopos, encinas y pinos. Entre ellos, en medio del camino que cruza el barranco, permanece todavía de pie un viejo tronco desprovisto de sus ramas, semi-podrido, recubierto casi por completo de hiedras y otras plantas trepadores. Esta zona constituye uno de los hábitats favoritos de los pájaros carpinteros, entre ellos el del pito real o pico verde, como también se le denomina.
Pero lo que me llama la atención de inmediato es el vuelo de un busardo ratonero(Buteo buteo), dibujado allá en lo alto, sobre un cielo azul invernal, poco frecuente en este invierno frío, cuya temperatura hoy no pasa de los 12 o 13 grados centígrados a estas horas de la mañana. Lo observo durante largo rato, y mi sorpresa fue cuando, de pronto, veo aparecer un compañero o compañera, y ambos planean aún un buen rato sobre mi cabeza. 
El busardo ratonero es una especie muy abundante en España. Se aparea en pleno invierno, como casi todas las aves rapaces. Se alimenta de roedores, conejos e incluso de carroñas. Es bastante odiado por algunos cazadores, por quitarles la caza. No es extraño encontrar en el campo a individuos envenenados.
Cabe esperar que en los próximos días asistiremos al espectáculo del apareamiento de estas aves rapaces tan abundantes en nuestros montes, haciendo exhibiciones de vuelo en el cielo, sobre los pinares de Sant Cugat y Bellaterra. Es una suerte que todavía hoy, tan cerca de la gran ciudad, podamos disfrutar de este espectáculo. Dado el interés que pueda despertar en quienes visitan esta página web, seguiremos escribiendo sobre éste y otros asuntos de nuestra Naturaleza.      
 
 
LOS ABEJARUCOS DE BELLATERRA ( y III )
 
He venido observando periódicamente esta pareja de abejarucos y hoy, día 11 de julio, me siento bastante frustrado, ya que no esperaba con que dejaran el nido tan pronto.
 
Acudo al lugar a eso de las 18,30, situándome en una especie de escondite natural, es decir, entre las cañas, a unos 20 metros de aquel agujero en el cortado, que constituye la entrada al nido. A mi alrededor todo es silencio, sólo roto de vez en cuando por el zumbido lejano de los aviones de un campo de aeromodelismo. Las tormentas de los últimos días han llevado algo de agua a la charca y refrescado el ambiente. Por un momento pienso que los pollos podrían haberse ahogado al entrar agua en el nido. Algunas torcaces bajan a beber a la charca, así como otros pajarillos. Pero lo que me llama especialmente la atención es el gran número de conejos de monte que me rodean, con los que disfruto tomando imágenes.
 
En cuanto a los pollos de abejaruco, deduzco que, si en efecto estuvieran dentro del nido, lógicamente las cebas continuarían más o menos como hasta ahora, pero en todo el tiempo que permanecí allí –unas tres horas-, no acudió ninguno de los progenitores. Por tanto, doy por seguro que no puede haber pollos vivos en el nido. Si, por otra parte, la nidada se llevó a cabo con éxito, he comprobado que los pollos habrían dejado el nido después de unos 16 días, en lugar de los 21 que dicen los especialistas.
 
Pero a eso de las 20,45 horas tuve la sorpresa de la visita al lugar de uno de los padres, el cual permaneció unos cinco minutos posado en el cable, además de volar varias veces sin acercarse al nido y siempre con el típico reclamo, que se hace sentir lejos. ¿Qué pretendía? ¿Llamaba a los polluelos? ¿A su congénere? ¿O se lamentaba de haber perdido una nidada, si en realidad así fuese?
 
No sé si volveré a ver o no de nuevo este año los abejarucos de Bellaterra, tan sólo una pareja aislada de varias que aquí anidaban hace un par de años, antes de que el progreso alterara su lugar de reproducción construyendo una carretera de acceso no sabemos bien adónde, una carretera por la que aún no pasan coches.
 
Dejo el lugar cruzando el campo y salvando la maldita carretera, para tomar la pista forestal que me llevará de regreso a casa. Todavía oigo el canto de alguna chicharra de monte, a pesar de la hora que es y del frescor del anochecer. Es todo lo que oigo. Nada que ver con la primavera. Y no es que no exista vida a mi alrededor, sino que se trata de una estación de relajación, de cierta abundancia de alimentos y sobre todo de calor, que parece ser que no gusta demasiado a las aves de nuestro entorno, dejando aparte los abejarucos. 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
  
LOS TEMPRANEROS ESTORNINOS PINTOS ( y III)
 
Debo confesar que me equivoqué al considerar al compañero del pollo grandote tan pequeño. La realidad me ha demostrado que pocos días más tarde de la salida del nido de aquel que lo avasallaba, éste seguiría el mismo curso. Así pues, cuento unos 18 días de estancia en el nido. Y lógicamente, los que eclosionan antes, se van antes.
 
Por tanto, hoy, día 25 de mayo, muy temprano me encamino al lugar de observación y la sorpresa es que ya no hay ningún pollo en el nido. Pero no andan lejos, pues se oyen sus reclamos desde muy lejos. Compruebo ya en el camino cómo piden comida a sus progenitores, posados en los cables de la luz. Las familias se han incrementado. Lo cierto es que los estorninos acabarán –si ya no lo son- siendo una plaga. Vuelan ya bastante bien, siguiendo a sus padres y yendo a posarse en las arboledas que les vieron nacer, constituidas sobre todo por chopos. Y así continuarán durante algún tiempo. En otoño formarán bandadas.
 
Sin habitantes en el nido, no puedo tomar imágenes. De modo que procuro atrapar con mi cámara alguna ardilla o pajarito que se mueve fugazmente en el bosque, mientras el cuco sigue cantando incansable. El día es un poco desapacible y parece ser la causa de que hoy a los ruiseñores apenas se les oiga, o tal vez sea debido a lo avanzado de la primavera. Sin embargo, advierto el intenso canto de un chochín, pero me resulta casi invisible en medio de las lianas de yedras y las densas hojas de una encina. Pero muchos otros pájaros pululan a mi alrededor sin que en realidad los vea. Los advierto por el canto. Uno de ellos es la tórtola europea, con ese ronroneo monótono desde un cable o copa de un pino. De pronto oigo también al pito real y pico pica-pinos, desde luego no tan activos como hace días. Son las currucas, en cambio, las que destacan, sobre todo la Cabecinegra o la Capirotada. Y un poco más allá, al salir de la hondonada arbolada, veo sobre un bosque de retamas en flor con mucha maleza en la base, las simpáticas y llamativas (los machos) tarabillas comunes.     
 
LOS TEMPRANEROS ESTORNINOS PINTOS (II)
 
Hoy es día 21 de mayo. Se esperan temperaturas de hasta 30 grados en el interior. He madrugado mucho para ir a los montes de Bellaterra, al lugar descrito en mis episodios anteriores. Camino por la pista respirando el aire todavía agradable. Escucho el canto de algún que otro ruiseñor o curruca, así como el del cuco. También el reclamo de los siempre abundantes mosquiteros papialbos Horas más tarde y debido a la calor, sólo se les oirá esporádicamente.
 
Cuando finalmente llego al lugar de mis observaciones y no veo ningún movimiento aparente en el nido del estornino pinto, pienso que éste ya lo ha abandonado. Pero me resisto a creerlo. Al cabo de media hora veo que algo se mueve dentro de aquel agujero en el chopo. Es claramente la cabecita del pollo ya grandote, que se asoma al exterior de vez en cuando, observando curioso a su alrededor. Cuando divisa la presencia de su madre (el padre sólo viene esporádicamente), su reclamo de comida se deja oír con fuerza. Y no tarda en aparecer su progenitora con el tan deseado ramillete de gusanos, que el pollo traga vorazmente. Pero, ¿y qué ocurre con los demás inquilinos del nido? Estoy francamente intrigado. Durante bastante tiempo sólo parece comer un pollo. Sin embargo, en el nido acabo viendo otro pico que se abre para atrapar el alimento, pero siempre por debajo del pollo más grande y sólo en contadas ocasiones, pues en las cinco horas que permanecí en mi observatorio, sólo comió 2 veces, 3 a lo sumo. ¿Podrá resistir esta situación de escasez de alimento? Compruebo, pues, que entre los dos pollos hay una diferencia de tamaño muy grande. Además, la madre sólo parece alimentar sobre todo al más grande. Es una situación caótica para el más pequeño.
 
Es de desear que el pollo más desarrollado abandone pronto el nido, como todo parece indicar. Tiene ya 14 días de edad aproximadamente, por tanto es muy posible que en mi próxima visita ande ya por cerca del nido, siento todavía alimentado por sus progenitores. ¿Y qué ocurrirá con el más pequeño? Será interesante seguir esta historia hasta el final, si tengo oportunidad. De momento vuelvo a casa cargado de imágenes de la vida de estos prolíficos pájaros llamados estorninos.   
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
LOS ABEJARUCOS DE BELLATERRA (II)
 
Como ya comenté en el capítulo anterior referido a los abejarucos, es del todo necesario, dada la orografía del terreno, utilizar un hide (escondite), si queremos no espantarlos y que no abandonen el nido. Así pues, hoy día 12 de mayo acudo al lugar provisto de este artilugio, que tan buenos resultados me está dando.
 
Me sitúo a unos 20 metros del nido. Pero cometo el error de acercarme allí a una hora inoportuna, pues la pareja estaba posada en los cables de la luz, emprendiendo, como es natural, una rápida huida. Lo ideal hubiese sido acudir al lugar muy temprano, al amanecer, y no casi a media mañana, cuando parecen estar más activos. En fin, que me perdonen los simpáticos abejarucos el susto que les di. A pesar de ello, al cabo de unos tres cuartos de hora ya habían vuelto al lugar, cuando yo me encontraba tranquilamente instalado dentro del hide. Y no parecieron mostrar sorpresa alguna por aquel artilugio que alteraba el paisaje, un paisaje modelado por el hombre. Junto al hide disfruto todavía de un grupo de las antiguas cañas del lugar y un poco más allá queda un montón de piedras amontonadas por las máquinas. Este terreno se va volviendo cada día más natural, siempre y cuando no lo removamos más. En los extremos crecen una serie de plantas carnosas y rastreras, muy apetecidas por los conejos.
 
Hoy compruebo que se trata de una pareja de abejarucos muy unida. La hembra entra y sale del nido con mucha frecuencia, mientras el macho parlotea constantemente en el cable. En el momento en que ella sale del nido –ese agujero excavado en la pared de arcilla-, su reclamo sube de tono y, entonces, deja el cable por unos momentos, volando juntos hacia alguna parte que no he podido todavía detectar, dada la rapidez con que ocurre todo. Ocurre que se trata sólo de muy poco tiempo, pues en seguida la hembra se dirige de nuevo al nido y el macho al cable. La historia se repite muchas veces durante la mañana. Y yo aprovecho para tomar imágenes, muchas de ellas fugaces. Pero así sucede en la naturaleza: nunca sabes cuando vas a tener el mejor momento para registrar lo que ocurre. Es necesario estar siempre muy atento a todo cuanto nos rodea. De esta manera, hoy he podido constatar la presencia en la charca de una paloma torcaz, de varios estorninos y una lavandera blanca. Asimismo, he visto planear casi a ras del suelo una pequeña ave rapaz, mientras lanzaba un chillido constante. Pienso que se trata de un cernícalo, el mismo que hace días se posó en una de las torres de la luz. Pero también se podría tratar de un alcotán. Entre mis frecuentes olvidos está el de no acordarme hoy de mis prismáticos. 
 
Después de tres horas y media de estancia, abandono el lugar teniendo que incordiar de nuevo a los abejarucos, y confío en que poco a poco se vayan acostumbrando a mi presencia.
 
   
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
  
 
 
LOS ABEJARUCOS DE BELLATERRA
 
Existe un lugar en Bellaterra en donde los pinares dan paso a una zona de brezos, retamas, zarzas, algunos pinos jóvenes y, sobre todo, maleza. Pero, además, la fisonomía del terreno, con varios barrancos y cortados, es ideal para que aniden los abejarucos. No es la primera vez que los veo posados en lo cables de conducción eléctrica. Aquí se levantan varias torres. Y éstas y sus cables sirven también de posadero a otras aves, como el cuco, palomas y tórtolas, estorninos, cernícalos, etc.
 
Pero hoy, día 11 de mayo, quiero referirme con detalle a estos exóticos pájaros llamados abejarucos, que cada primavera vuelven de Africa para reproducirse y que se alimentan sobre todo de abejas y avispas, y de ahí su nombre. Su llamada característica es una especie de parloteo aflautado y que a veces se acelera y altera, emitido tanto en vuelo como desde un posadero. Vuelan combinando el aleteo y el planeo. Atrapan los insectos al vuelo o desde un posadero. Es costumbre del macho atraer a la hembra ofreciéndole un insecto. Excavan un agujero de unos 30 centímetros en un talud de arcilla. Al final del mismo, un poco más ampliada, está la cámara nupcial, en donde pone la hembra unos 5 o 6 huevos.
 
Como he podido comprobar, al parecer en esta época de reproducción, el macho suele vigilar desde el cable, mientras la hembra permanece un rato en el nido. Pero también compruebo que en esta zona hay varias parejas, que de vez en cuando vuelan a los cables. A veces se alimentan en el suelo. Cometo el error de acercarme demasiado a los cables, haciendo huir a varias parejas, entre ellas la que se sentía atraída por el nido que acabo de descubrir. A partir de ahora, y dado que se trata de un terreno despejado, no tendré más remedio que usar un hide (escondite) para pájaros. Es un artilugio que todo observador de aves debería utilizar y que a veces desechamos por no cargar más el equipo.
 
Acabaré mi cuaderno de hoy haciendo algunas consideraciones importantes. En nuestro afán de progreso y estropicio de casi todo lo natural, de vez en cuando y sin darnos cuenta, procuramos algún medio que favorece la reproducción de las aves. Y este es el caso de la zona que comentamos. Hace un par de años no me hubiera imaginado que aquí acabarían construyendo una carretera de acceso –una especie de atajo- a unas naves industriales o fábricas o qué sé yo. Toda la zona era un extenso brezal y herbazal, con muchas retamas y algún pino joven. Y, naturalmente, una gran cantidad de pájaros revoloteaba por el lugar. La carretera la abrieron por delante mismo de las paredes de tierra arcillosa en donde cada año anidaban los abejarucos. Así, una parte de estos cortados, al parecer, ya ha sido abandonado por ellos, pero las máquinas, al rebajar el terreno cercano a la carretera, recortaron una nueva pared, en donde ahora he descubierto el nido. Además, cuando llueve mucho se forma en la zona un especie de charca, heredera de una antigua y muchísimo más natural. Y aunque parezca extraño, todavía no he visto pasar coches por esta nueva carretera. De momento, al menos, nuestros abejarucos parecen estar tranquilos.               
 
 
 
 
LOS TEMPRANEROS ESTORNINOS PINTOS
 
El día 9 de mayo el tiempo había cambiado, volviéndose más fresco y confuso, de modo que tuve que esperar en el todo terreno a que levantara la neblina de los montes de Bellaterra. Entonces me encaminé, como de costumbre, a aquella zona baja del monte en donde existe una profunda hondonada cubierta de frondosas. Antes de llegar a ella hay que bajar un barranco que conduce a una zona llana cubierta de brezos, hierba, zarzas y retamas en flor, que es el paraíso de las currucas y zarzeros comunes. De vez en cuando me sobrevuelan algunos abejarucos –esos pájaros tan exóticos que hace algunos días volvieron de Africa- y que tienen todavía en las paredes de tierra arcillosa de esta zona, un lugar en donde excavar su nido.
 
A eso de las 10 de la mañana y con la consabida sinfonía de cantos de ruiseñores, chochines, currucas, zarzeros, mirlos y un largo etcétera, me instalo a observar una vez más el nido del estornino pinto. Mi sorpresa fue cuando oigo piar, a pesar de estar situado al menos a unos 30 metros del lugar. Efectivamente, los huevos o parte de ellos ya habían eclosionado y la madre llegaba al nido con alimento a intervalos de 10 minutos o un cuarto de hora. La distribución del alimento a los polluelos es tan rápida, que apenas me da tiempo a tomar imágenes. Sin embargo, mi perseverancia hace que finalmente logre mi propósito. Compruebo que cada vez que la madre abandona el nido, la agitación y el piar de los polluelos pidiendo comida resuena por todo el bosque. Es un reclamo que tal vez sea un peligro para su propia vida, pues algunos depredadores lo pueden oír. Sus progenitores –y en este caso sólo la hembra parece alimentar a los polluelos- casi siempre hacen el mismo recorrido para entrar al nido, comenzando por posarse en las ramas altas del chopo y bajar hacia el nido casi en vertical. Al propio tiempo emite un sonido de llamada, algo así como un grajjj...grajjj...grajjj suave y rápido.
 
Pero hoy tengo que contar también –fruto de una mañana de observaciones- que desde mi puesto he podido ver también cómo una ardilla subía rápidamente por el tronco del chopo, trepando a sus ramas y desde éstas a otras de un árbol contiguo y a continuación perdiéndose entre las de un quejigo. Todo ello en un abrir y cerrar de ojos. Así pasan a veces ante ti las escenas de la naturaleza. A los animales no les gusta perder el tiempo cuando se exhiben demasiado en busca de alimentos. Tienen demasiados enemigos, entre ellos el hombre. Si no fueran tan cautos, ya hubiésemos acabado totalmente con ellos.
 
La visión de una hermosa oropéndola que se posa en las ramas altas de una frondosa, me hace pensar una vez más en que el bosque está lleno de vida y que, por lo tanto, resulta muy frágil.        
 
 
 
 
 
LOS OPORTUNISTAS
 
A medida que va pasando la primavera, casi todos los seres vivos sienten la apremiante necesidad de reproducirse. Esto lo podemos constatar si nos preocupamos un poco en mirar a nuestro alrededor. Por ejemplo, fijémonos en lo pájaros..., y en su medio.
 
Hoy es día 7 de mayo. Son las siete de la mañana. Los meteorólogos auguran una primavera fresca, pero hoy hará una calor de verano. A esta hora, sin embargo, todavía es agradable andar por los montes de Bellaterra. Cercana, como encajonada entre las montañas del prelitoral y estos montes, veo parte de la franja del Vallés Occidental, salpicado de pueblos y autopistas. El ruido de fondo del tráfico lejano me acompaña casi a todas partes a medida que camino por la pista, a pesar de los extensos pinares y algunas profundas hondonadas cubiertas de bosque. Además, decir que al llegar la noche, la luz de la ciudad resulta tan desagradablemente intensa, que ilumina levemente parte de estos montes. ¿Un medio adecuado para la vida? Tal vez todavía lo sea, con tal de que no le quitemos el bosque...
 
Es muy agradable observar la vida de las especies que nada tienen que ver con nosotros. Nada nos dicen, por tanto, nada nos piden, pero es muchísimo lo que nos ofrecen. Esos numerosos ruiseñores que cantan a los lados del camino, los reclamos de tantos mosquiteros papialbos llegados de Africa; también los comunes, cuyo canto – un monótono chiff, chiff, chiff....chaff – se deja oír en los robledales; el grito repentino e histérico del mirlo común; el rápido despegar volando de una pareja de pitos reales sorprendidos dándose un atracón de hormigas. Las currucas y los mirlos son otras de las especies canoras que se hacen sentir en primavera y verano. Aquéllas, durante todo el día; los mirlos se oyen especialmente al anochecer. Pero esto no constituye una regla rígida, sino que hay excepciones. El ruiseñor, por otra parte, canta día y noche. Y sólo en las horas de más calor parece atenuarse un poco la voz de casi todas las aves en esta época. Como colofón de fondo a toda esta sinfonía de cantos y llamadas, aún sigue con nosotros un ave parásita por excelencia: el cuco común. Busca frenéticamente un nido ajeno en donde depositar sus huevos. Y ajena a todo lo que voy observando, planea todavía sobre estos montes nada menos que el águila perdicera. Por supuesto, en el suelo, escondidos entre el estrato herbóreo, viven muchos conejos, según he podido comprobar cerca de la hondonada repleta de bosque y frondosas. También, como todo el mundo sabe, abundan en el monte.
 
Aquí es necesario hacer un punto y aparte, pues en el día de hoy puedo comprobar la existencia de un nuevo nido en la zona: el de un estornino pinto..., o negro. Aquí debo aconsejar a aquellos que estudian nidos, que se aseguren bien, pues a veces no es lo que parece. El nido fue construido, ciertamente, por un pica pica-pinos, pero lo está ocupando el estornino, y al parecer está muy contento con él, pues entra y sale con frecuencia, acondicionándolo. Debo confesar que me siento un tanto frustrado, pues hace algunos días un pito real y un pico pica-pinos se sentían atraídos por un tronco seco de la misma zona, pero ahora estoy comprobando que han dejado de acudir a él. Y si esto ocurre a estas alturas de la primavera, cuando la mayoría de las aves están poniendo ya, la esperanza de observar la construcción de un nido es mínima. Pero así es la primavera, una estación en la que la vida animal y vegetal renace y tiene sus pautas. Nosotros no podemos hacer nada, sino observar las maravillas de nuestra maltrecha naturaleza que aún nos queda. Sólo un último detalle más: hace unos días que oigo ese aflautado sonido de la llamada de las oropéndolas y hoy veo volar una de una frondosa a otra. Por tanto, nosotros somos meros actores en el gran teatro de la vida animal.          
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
   
ABRIL, ABRILUCO, EL MES DEL CUCO
 
Esta primavera está resultando bastante fresca, pero aún así el refrán que lleva por título mi relato de hoy se está cumpliendo al fin, pues hoy, día 17 de abril, he podido oír al fin el canto o llamada del cuco en los montes de Bellaterra, cercanos a Cerdanyola del Vallés (Barcelona).
 
Se trata de un ave que parasita los nidos de otras especies, es decir, que pone los huevos en nidos de bisbitas, chochines, petirrojos, acentores, etc., y lo hace cuando la pareja propietaria del nido está ausente. Suele deshacerse de los huevos sobrantes en el nido al depositar los suyos.
 
El Cuco Común procede de Africa, en donde inverna. Cuando llega a nuestros montes, recorre un gran territorio en busca de nidos y el macho emite entonces ese monótono canto de todos conocido: cucú...cucú. Para llegar aquí tiene que recorrer unos 3.000 kilómetros, volando sólo de noche. Su biología resulta sorprendente. En julio, su canto enmudece por completo. Los jóvenes, con un apetito voraz y únicos ocupantes de los nidos engañados, salen al fin de éstos y se preparan para la emigración del otoño. Jamás conocen, como es natural, a sus verdaderos progenitores. ¿Cómo saben que deben emigrar a Africa? Se cree que se trata de algo que llevan en sus genes, algo innato.
 
Hoy debo dejar constancia de otra grata sorpresa, algo que descubro a medida que camino por una de las pistas de los montes de Bellaterra. Se trata de un nido de Pito Real, uno de nuestros pájaros carpinteros más abundantes. Acostumbran a construir el nido haciendo un hueco en un tronco medio podrido, pero que aún se mantiene en pie. Estuve observando sus idas y venidas, así como su penetrante llamada, una especie de ke..ke..ke...ke...ke... histérico. Para ello me oculté convenientemente al fondo de una hondonada. Finalmente, cuando abandoné el lugar y asomé la cabeza para ver el brezal que había al otro lado, sorprendí a una pareja de mirlos comunes y a un conejo de monte, que procedieron a ocultarse rápidamente. ¿Qué verán en nosotros los animales que tanto miedo les inspiramos?     
 
 
 
 
 
 
 
 
 
  
Primavera de 2.009
 
Hoy es día 7 de abril. El día ha amanecido algo lluvioso, pero no hace demasiado frío. Como suelo hacer frecuentemente, visito las afueras de mi ciudad, Cerdanyola del Vallés, con el fin de observar esos cambios que producen el paso de las estaciones.
 
Como ocurre cada primavera, el Parc de la Riera de Sant Cugat se convierte en una sinfonía de cantos y llamadas de esos pajarillos que todos hemos visto, pero que poca gente conoce en toda su dimensión. Hay uno que llama especialmente mi atención: se trata del Ruiseñor Común. Oigo su canto por primera vez esta primavera. Y sólo hay un individuo, escondido entre la densa vegetación de la riera. Resulta asombroso para un pajarillo de un tamaño menor que el de un gorrión, haber hecho tan largo viaje como es el de regresar desde el Africa ecuatorial. En el camino vuela sólo de noche. Suele instalarse en zonas con mucha maleza y, a veces, cerca del agua. Pero tampoco desprecia otros sitios, como el monte bajo con tupidos matorrales e incluso parques y jardines. A veces se posa en las ramas de un chopo, escondido entre sus hojas, desde donde lanza su canto, que es audible a bastante distancia y es uno de los más maravillosos de todos los que emiten las pequeñas aves canoras.
 
No obstante, en mi caminar a lo largo de la riera, hoy me sorprende también la llamada por primera vez de un Mosquitero Papialbo. Este procede también de Africa y llega puntual a la cita primaveral para reproducirse. En la riera no es muy frecuente encontrarlo. Su hábitat preferido son los montes bajos con pinares y sotobosque con capas herbáceas, en donde suele construir el nido, al igual que el Ruiseñor Común.
 
Otra de mis sorpresas de hoy a lo largo de la riera es el descubrimiento de una Curruca Capirotada, es decir, su canto, pues resulta bastante difícil verlas. Además, como todas las aves, se mueven constantemente. La capirotada tiene un canto inigualable, y en opinión de algunos ornitólogos, sólo la supera el ruiseñor. La que descubro hoy debe de formar parte de un grupo de los primeros en llegar de Africa, puesto que hasta la fecha sólo he podido comprobar el canto de algunas otras especies sedentarias, como la Cabecinegra, muy frecuente en Catalunya.
 
Con el revolotear de esos otros pajarillos sobre los frondosos árboles de la riera, como son los jilgueros, verdecillos, verderones, herrerillos, carboneros –sin olvidar los siempre presentes estorninos y algún que otro picapinos- , abandono la Riera de Sant Cugat y me dirijo al monte de la parte alta de Bellaterra, en donde puedo comprobar la presencia, como cabía esperar por el tipo de hábitat, del ya mencionado Mosquitero Papialbo. Pero, además, cuando llego a una zona despoblada, en parte llana, pero también con una profunda hondonada y un promontorio, llega a mis oídos ese parloteo o reclamo constante de los primeros abejarucos comunes. Se trata de un ave muy vistosa, exótica, que nos visita también cada primavera, procedente de Africa. Dado que en esta zona existen muchas torres de alta tensión, tienen la costumbre de posarse en los cables, en donde el macho trata de atraer a la hembra ofreciéndole sobre todo abejas y abejorros. Además, tienen la costumbre de construir el nido en las paredes de areniscas, en donde excavan un agujero de más de medio metro de largo. Aquí hubiesen encontrado el lugar ideal –como he podido comprobar en otras ocasiones-, si no fuera porque la zona ha sufrido, desgraciadamente, una transformación, con la construcción de una carretera cerca del muro de tierra en donde anidaban. De todas formas, los abejarucos siguen siendo bastante abundantes.
 
Para terminar, diremos que es asombrosa la capacidad de supervivencia, año tras año, de las aún numerosas aves que nos rodean, a pesar de nuestro desarrollo insostenible, que provoca verdaderas infamias contra su hábitat. A veces pienso que no nos merecemos los cantos que cada primavera gratuitamente nos ofrecen.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
      
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
    
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Mis cuadernos de Campo (Verano 2002)
 
Mis cuadernos de Campo (Otoño 2002)